Sabtu, 09 Januari 2016

Las niñas grandes.

Vino a mí un miedo infantil en medio de la noche.
Pensé inmediatamente en salir corriendo a refugiarme en el lecho paterno. Pero me mantuve, comencé a fantasear e imaginar siluetas en el colgador de mis abrigos, sombras malignas y susurros infernales que iban creciendo progresivamente su intensidad hasta que apreté el botón del espantacuco:
se encendió una luz azul que iluminaba toda la pieza, luego se transformaba en morada, luego en rosada y finalmente en roja.
La luz roja no iluminaba en absoluto la pieza, mas aún me sumía en una oscuridad sangrienta aterradora.
Los dos segundos que duraba la luz roja parecían horas enteras de angustia en el que mi pecho contraído anhelaba los hermosos segundos de luz azul.
El sueño ganó, y ya en ese momento no importó qué luz alumbraba mi alrededor, apagué el aparato y disfruté la oscuridad. Tal como lo hacen las niñas grandes.

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