Sabtu, 09 Januari 2016

El padre.

A esas alturas de la noche ya tenía mucho sueño y frío, pero muchísimo.
De pronto se abrió en mí la ilusión de que ya quedaba poco para el final,
quedaba poco para encontrarme entre mis sábanas
envuelta en un calor maravilloso,
quedaba poco para entrar en el sueño suave, profundo y tan anhelado.

El vaso vacío lo decía todo: se acabó, adiós.
Pero no fue así... cuando él agarró la botella de whisky sin dolor y como si nada volvió a llenarlo, comprendí todo; no quedaba poco, no.
Entonces mi actitud se convirtió en la de un niño a punto de estallar con una pataleta.
Él me abrió los brazos en afán de que me acomodara entre ellos. Y así lo hice.
Me sentí como un bebé con su chupete, con la leche tibia antes de dormir.
Esa comodidad y tranquilidad que sólo brinda los brazos de una madre o un padre.
Donde uno podría morir en paz.

Esa noche encontré un padre, un reemplazante de mi padre.
Ya no era necesario correr hasta casa para sentir su generoso calor,
o para que me secara las lágrimas,
o para que me hiciera cariño,
o para que me diera un beso en la herida de la rodilla, ya no.

Cuando desperté estaba en mi cama, con el pijama puesto y él dormía sereno.

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